Conocí cierto día la historia de un hermoso pájaro.
Se durmió en lo más alto del mástil de un velero. Y mientras la noche sacaba sus cuernos amarillos, el barco se hizo a la mar.
Y el pájaro, profundamente dormido, no se percato de aquella nueva singladura.
El buque fue adentrándose en la noche y la ciudad dejo de pintar arabescos blancos en las aguas.
Al amanecer, el ojo rojo del cíclope que habita en los cielos terminó por despertar al ave.
Sobresaltado, y comprendiendo que el velero navegaba hacia lo desconocido desplego sus alas y emprendió el vuelo.
El pájaro, angustiado, trato de descubrir las tierras seguras donde siempre había vivido. Pero el mar había robado el horizonte.
Escudriño entonces hacia el poniente, en busca de aquel familiar ejército verde y amarillo que formaban los pinos de la breña.
Pero las olas violetas se rieron del indefenso pajarillo.
El terror entonces, empezó a encharcar su corazón y el ave trato de hayar refugio en las nubes.
Mil alfanjes de hielo cayeron entonces sobre sus plumas y poco faltó para que se precipitara al océano.
En el último esfuerzo puso proa al sol. Pero aquel gigante, al que había visto levantarse redondo y pesado al amanecer, tambien había aprendido a volar. Y el pájaro comprendió que el cíclope no era de su bandada.
Exánime, desorientado y con las cuencas azules de la muerte bajo sus patas, el ave se fijó en la arboladura de aquel velero sobre el que había despertado. Y retorno a lo alto del mástil. Algún tiempo después. la eternidad verde y ondulada del mar depositó al navio en otro puerto.
El pájaro voló entonces alegre y confiado hasta la selva.
Con dedicatoria especial, en el primer día de su recuperación a mi amigo Nano.

Qué bonito... es la vida misma... con final feliz. Así sea.