Boca abajo, todo mi cuerpo descansa inmóvil sobre la blanca camilla. Brazos y piernas ligeramente despegados, estirados, en paralelo. Del cinturón que protege mi cuello solo se que cuelgan pesos que tiran de mi hacia abajo, como dándole las gracias a la ley de la que por su naturaleza, se sienten esclavos. Soporto estoicamente su peso e intento no pensar. Primer error. Rápidamente todos los pensamientos regresan a mi desde cualquier rincón dela memoria. Tiran de mí como las pesas, queriendo pasar los primeros. Intento cerrarles el paso a todos pensando en algo positivo, un arco iris por ejemplo. Es inútil, yel ancla de mis deseos, lejos de volar a él me hunde hasta el fondo del mar.
Llega un momento que no seque juego de pesos me hace más daño. El señor de la bata blanca, mi verdugo, se apiada de mí. Se que me mira aunque yo no le veo. Cambia mi postura y con verdadera parsimonia, como resarciéndose de lo que ve, va quitando una por una mis agonías. Lo que rodea mi cuello también. Le doy unas irónicas gracias, suspiro aliviado y salgo de allí lo más rápido que puedo.
Una vez en la calle los malos pensamientos desaparecen tras un chicle de fresa sin azúcar.