Me siento observado. Puede que sea un exceso, de ego o de colonia. O puede que lleve un peso tan grande en la espalda del pasado que nadie quiera ya mirarme a los ojos. El caso es que me miran y yo les noto sus miradas. Las noto a mi espalda, noto que se vuelven a mirarme. No me hablan, permanecen callados pero sus ojos me insultan por ellos. No se que hice mal ni cual es mi crimen. Por eso estoy aquí, porque en la puerta nadie me miro al entrar. Abro sin saber a quien voy a encontrarme, no me importa mientras no claven en mí esas finas dagas que tanto daño están haciéndome.